El pueblo saharaui se manifiesta por tener el derecho de decidir sobre su propio destino
Marta Zenner Ávila
Domingo. El típico día que miras al cielo para saber qué ropa ponerte; y optas por un buen chubasquero porque romperá a llover en cuanto salgas al portal de casa. Cerca de las doce del medio día, ya empezaba a escucharse por San Juan de Dios, alguna que otra frase con rima en voz alta para hacer saber que la manifestación iba a comenzar. Pero hasta media hora más tarde ningún pie que había alrededor de la bandera española, situada en la rotonda del Triunfo, se movió para empezar a andar por la Gran Vía de Granada defendiendo la idea del “Sahara libre”.
Rodeados de un centenar de policías se podía observar con claridad una barrera humana, unida por una pequeña cuerda, que dividía a los espectadores de los manifestantes. Pero conforme avanzaban los minutos, el espacio que se había creado dentro de la barrera empezaba a quedarse pequeño. Andaluces de varias provincias, marroquíes, niños, asociaciones con carteles identificativos, e incluso perros engordaban el grupo manifestante.
Con el asfalto ya mojado de la fina lluvia que prometía no parar a lo largo de todo el recorrido y el lema “Zapatero atiende, el Sahara no se vende”, la aglomeración empezó a moverse por la calle principal de la ciudad. Habían comenzado las protestas revindicando la liberación de pueblos que han visto violados sus derechos. El más destacado, el pueblo saharaui. Desde el primer vagón con el que comenzaba la marcha hasta casi completar el tren, se podían ver a todas aquellas personas que se estaban dejando su voz en denunciar los intereses de los explotados e intentar que no desvíen la mirada del derecho de autodeterminación del Sahara Occidental. Enganchando con éstos, un grupo de música instrumental que animaba el recorrido al ritmo de sus tambores y cascabeles. Como la curiosidad mata al gato, me acerqué a un muchacho que los acompañaba desde un lateral intentando no quedarse muy atrás a causa de ir con muletas. Para mi sorpresa, se trataba de un grupo llamado ROR, Ritmos de la Resistencia, organizado precisamente para acompañar a las manifestaciones y darle un toque musical a las protestas. Aprovechando el paso lento de Ernesto Fajardo Nolla, le pregunté por su interés de defender estos ideales ya que había asistido incluso con la dificultad de no poder andar bien. Y como el destino nunca deja de sorprendernos, este gaditano había venido en autobús desde Córdoba, ciudad en la que estudia Ingeniería de montes, para que, aunque no se consiga lo que quieren, “por lo menos que la gente que ha salido a la calle a curiosear se entere de lo que está ocurriendo y no se conforme sólo con la versión que escuchan del Estado español”. Sus ojos verdes expresaban claramente el pensamiento de “ser una situación injusta desde hace tiempo, la cual ignora los problemas que les está creando a los que menos tienen culpa”. En el último vagón, cuatro personas tapadas con ropa negra y pañuelos para no identificar sus caras, sujetando un cartel, que debo admitir, me encogió el estómago: “Otra guerra es posible”.
El orgullo de ser seres humanos
Entre banderitas del Sahara y paraguas esquivando las cabezas de alrededor, los megáfonos acompañaban con más fuerza a todas aquellas voces que seguían llenando con su eco, las callejuelas transversales de Gran Vía y los edificios que mantenían sus ventanas abiertas. Familias enteras asomadas por sus balcones, no sé si a favor o en contra de lo que oían, rompían con la monotonía de cualquier domingo que se pasee por el casco antiguo de Granada.
Pero las voces no eran las únicas protagonistas que avanzaban con la multitud. Numerosas pancartas con frases como “Paremos el genocidio del pueblo palestino”, eran envueltas en plástico para no dañarse por las persistentes gotas del cielo. Y cómo olvidarse de las manos que agarraban con fuerza el taco de folletos que iba disminuyendo conforme la gente se acercaba a pedir información. Tres veces me ofreció el joven hojas tamaño cuartilla con textos argumentando el “No a la Europa capitalista”. En su última intención de embolsarme tres o cuatro panfletos le saqué una<<Ahí es donde se encuentra el verdadero orgullo de ser seres humanos>>, concluían sus labios antes de cerrarse. conversación del tema por el que nos encontrábamos allí. Con la desilusión en su rostro, pero sin abandonar la batalla, nos confesaba que a pesar de saber que no cambiará la situación de la Cumbre, aún hay grupos que miran por esos pueblos que sufren injustamente, transmitiéndoles su apoyo de cualquier manera, como por ejemplo, con una manifestación.
Antes de que me diera tiempo a levantar la mirada de mis anotaciones y darle las gracias por su confianza, sentí como una estampida de personas se aproximaba hacia nosotros. Unos más rápido, otros más lentos, otros silbando… Pero todos con la misma meta, Bi-Rambla. Tras la llegada tardía a la plaza, encontré a Pablo Vigueras finalizando su discurso con una frase esperanzadora: “El Presidente Zapatero tiene la oportunidad de exigir a Marruecos que cumpla son sus obligaciones. El pueblo saharaui tiene derecho a decidir sobre su propio destino”.
Todos y cada uno de ellos pisaban suelo mojado por la lluvia de ese día, pero en su corazón anhelaban la esperanza de que los nuevos caminos fueran de tierra firme y seca, donde no hubiera posibles caídas o resbalamientos por cada uno de sus derechos.
